Domingo, 30 de Octubre de 2011 12:18

Con gusto y satisfacción publicamos en la página Concurso Literario Bicentenario en Tribunaabierta.com los 3 trabajos ganadores de los primeros premios
Copa Consulado Paraguayo de Nueva York Obra: El Burujón Negro, de Ariel González Calzada. Copa Democraticamente.com de Ciudad del Este, Alto Paraná, Paraguay Obra: Pyahëtarova, de Javier Viveros. Copa Tribunaabierta.com de Nueva York, Estados Unidos Obra: 200 años, de Arnaldo Raúl Medina Pavón. Los invitamos a visitar la pagina y leer estos trabajos interesantes y escritos con tanto sentimiento y entrega de sus autores.
Domingo, 30 de Octubre de 2011 11:25
Primer Premio Primer Concurso Literario Internacional Bicentenario de la Independencia del Paraguay COPA CONSULADO PARAGUAYO DE NUEVA YORK Cuando recibí la fotografía de mi madre mostrándome la tumba de mi abuelo Feliz Conuco quedé sorprendido; y no por el deterioro del lugar, pues el fantasma del olvido desde hace cinco décadas merodea por los pueblos y ciudades de mi isla, sino por el lugar donde se encontraba la tumba. “A ver si te dignas a visitarnos” me había escrito al final del correo electrónico, “o tendré que agarrar un bote e ir a Miami para traerte por los pelos”. El motivo de mi sorpresa fue por algo que me había dicho el propio abuelo Conuco muchos años atrás, una tarde de verano en que nos paseábamos por su pueblo: “No me gusta este cementerio, tiene un solo árbol que da sombra, en las tardes de agosto debe ser insoportable estar enterrado allí”. Y ahora, después de haber visto la fotografía, me alegro al ver que su tumba esta justamente debajo de aquel árbol. Pero ahora que lo pienso mi abuelo siempre tuvo aquella clase de ocurrencias y supersticiones: Cuando nos visitaba en La Habana solo dormía en la segunda planta de la casa, decía para que la guadaña, ese esqueleto viejo y flaco, pasara más trabajo en llevárselo. Tampoco le gustaba dormir con los pies destapados, alegando que era una tentación para los espíritus burlones. Y así puedo contar decenas de sus supersticiones, pero la que más recuerdo fue la del “Burujón Negro”. La primera vez que lo escuché hablar de esta “aparición” fue hace veinticinco años, en unas vacaciones en que habíamos ido a visitarlo. Yo apenas tenia diez años, y confieso que me molestaba enormemente ir al campo. Mi abuelo fue el primer habitante del pueblo en tropezarse con el temible Burujón Negro. Sucedió una madrugada en que regresaba del trabajo montado en su yegua Saranda, pues trabajaba haciendo guardia nocturna en una vaquería: “Por favor sáqueme de esta pena” según él le había dicho una voz a la orilla del camino. Se acercó lentamente y descubrió a alguien cubierto con una capucha negra. “Llevo muchos años vagando por este monte sin poder encontrar un hoyo en donde al fin descansar” volvió a hablar el individuo mientras se descubría su cabeza calva. Entonces fue cuando mi abuelo pudo ver su rostro bajo la claridad de la luna: Su piel era blanca fosforescente, sin embargo sus labios tan rojos como si acabara de beber sangre, y sus ojos chispeaban como los de un felino en la oscuridad. Y es que las cosas que sucedían en Caracusei le ponían los pelos de punta al más comunista de los hombres. Recuerdo cuando mi padre contaba la primera vez que visitó el pueblo para conocer a sus futuros suegros, pues se había enredado con mi madre en La Habana. A modo de chiste, por supuesto, decía que cuando se paró en la entrada de la calle principal lo primero que vio fue pasar a un perro que llevaba un brazo en la boca. Y es que Caracusei se encontraba en medio del monte, alejado totalmente de la civilización. Al punto que, según mi abuelo, cuando alguien se demoraba un par de semanas en salir o entrar a este tenían que volver abrir los caminos al mundo exterior a filo de machete, pues un marabú de espinas duras lo cercaba. Tal vez por eso era que el Comandante en Jefe tenía una de sus fincas de descanso a solo medio kilómetro de aquel lugar. Nunca nadie del pueblo había entrado en la propiedad, pues estaba protegida con una cerca de púas de diez metros de alto. Pero se decía que en su interior había toda clase de animales salvajes. Nadie lo dudaba, pues todos los años a principio de la primavera, que era cuando él se retiraba en aquel lugar, se escuchaba el disparo de su rifle de caza, y en las tardes muertas, hasta podía sentirse el suelo vibrar por el trotar desesperado de los animales huyéndole a la muerte. Sin embargo en Caracusei, como se dice vulgarmente, había tres varas de hambre. Y no por que sus habitantes fueran personas vagas o despreocupadas, sino porque por algún motivo oculto en los anales de su historia, nada, excepto el marabú, crecía en sus tierras: los animales morían al tercer día de haber nacido, por lo que había que traerlos de otros pueblos y, por supuesto, ya crecidos. Las semillas tampoco germinaban. Una vez mi abuela me dijo que se le ocurrió traer de Trinidad un naranjo chico y lo sembró en el patio, pero este comenzó a encogerse un poco todos los días hasta que se convirtió en su semilla. Según la negra Matilde, vecina y mejor amiga mi abuela, todo esto sucedía porque muchos años atrás, en la época de la colonia, un negro esclavo que habían traído del África maldijo aquellas tierras. Su hechizo había perdurado hasta nuestros días porque había sido un brujo muy poderoso de una tribu. Cada vez que visitábamos a los abuelos el viejo se apoderaba de mi y me hacia acompañarlo en sus paseos tardineros por el pueblo, alegando que de esta manera aprendería como se desenvuelven los hombres. Con él recorrí aquellas calles polvorientas de punta a cabo más de cien veces, me guiaba con su paso de gallo fino. Y si no me quedé dormido muchas veces fue por respeto, pues siempre sentí que los pueblos campestres, principalmente ése, tenían el no se qué de aletargarme en las tardes; con sus ruidos de tractores lejanos, el aletear constante de pájaros en los tejados de zinc, los rostros de despreocupación de sus habitantes y el olor a heces de caballos; todo se mezclaba entre mi nariz y los ojos nublándome la vista y emplomándome el cuerpo. Recuerdo que una tarde lo escuché hacer el cuento del Burujón Negro más de diez veces. La última fue en el único bar que tenía el pueblo. Todos los hombres lo escucharon atentamente. Cuando terminó, solo uno que estaba sentado frente a él y como 100 años más joven, se atrevió a decirle: “¿Sabes Conuco? Yo a usted lo respeto como viejo, pero no como hombre”. ¡Grave error! El viejo no se molestó en incorporarse, con solo disparar su puño izquierdo por encima de la mesa el otro cayó atontado en el suelo. Entonces se levanto y llevándose la mano a la vaina del machete, que siempre colgaba de su cintura, le dijo: “No te doy un pase de planazos aquí mismo porque eres el hijo de mi compadre Eugenio, lárgate y no quiero verte más bebiendo en el bar, el ron es para hombres”. El individuo de seis pies se incorporó cubriéndose el rostro y huyó como un perro con la cola entre las patas. Y es que los hombres de allí, o al menos los de la generación de mi abuelo, llevaban el cinto bien puesto, tenían las mujeres más mansas, y el machete siempre listo para resolver cualquier agravio. Sin embargo el día que el presidente del Poder Popular convocó a todos los hombres para tomar una decisión sobre el Burujón Negro, a muchos se le aflojaron las piernas. Una hora después de aquel encontronazo en el bar, Eugenio fue hasta nuestra casa para pedirle disculpa por la falta de su hijo. “No se preocupe compadre que no es culpa suya” comenzó a decirle mi abuelo, “sino de este comunismo que ha malformado a nuestros hijos, en nuestro tiempos era más probable ver una gallina mear, que a un joven faltándole el respeto a un viejo”. Y es que él era así. Siempre con las respuestas perfectas esperando en la punta de la lengua. Recuerdo una vez en que nos encontrábamos en el portal de mi casa, pues había ido a visitarnos a la ciudad, y le gritó a una criollita de caderas bien puesta que pasaba por la calle con aire de realeza: “¿Por qué tan seria con ese cuerpo tan alegre?”. A la mulata no le quedó más remedió que sacar la barriga apretada y reírse a carcajadas. Luego él miró a nuestro alrededor por si alguien más lo había escuchado. Por qué eso sí, si había una persona en este mundo que él le tuviera sumo respeto esa era a su esposa, la abuela. A veces me pregunto como fue que terminaron juntos por más de 90 años, pues si tuviera que compararlos con algo eso seria el día y la noche. Mientras ella era una blanca de modales finos, educación privada, y fiel seguidora de las Santas Escrituras. El era un criollo pícaro, graduado en la universidad de la calle y, como él mismo decía, con una pata en el paraíso y la otra en el infierno. Sin embargo en las pocas veces que los visitamos nunca los escuché discutir. Y no porque no se hubiera dado la oportunidad, sino porque él evitaba a toda costa enfrentarla, solo bastaba con que ella le abriera los ojos para que él, mirando a los que lo rodeaban, dijera “me voy para la calle”, y saliera por la puerta con el pecho airado, pero el corazón latiéndole en la boca. Claramente, cuando él se refería a la “calle” estaba hablando del parque que quedaba a unos treinta metros enfrente de la casa y en donde todos los viejos se reunían en las tardes para contar sus historias increíbles y discutir sobre béisbol. Mi abuelo no fue el único que tuvo un encuentro con el Burujón Negro. Un par de noches más tarde a una familia que regresaba de trinidad en carreta le sucedió lo mismo. La noche siguiente fue a una parejita que se revolcaba en las periferia del pueblo, y así sucesivamente hasta que por último se le apareció al presidente del Poder Popular de la zona: El hombre entraba una madrugada al pueblo cuando de pronto el caballo se le detuvo y, a pesar de que lo espuelo repetidas veces, el animal se negó a dar un paso más. Extrañado siguió la mirada del caballo y descubrió que en medio del camino había un bulto negro que hasta ese momento no había percibido. Intentó bajarse de la silla para ver de que se trataba, pero en ese instante el aparecido se descapuchó mientras le decía: “No hace falta que se apee, yo puedo subir con usted y, de paso, me lleva hasta algún hoyo en que pueda descansar, no tiene que ser muy profundo, aunque la nariz se me quede al descubierto le estaré agradecido eternamente. Dice el presidente que lo ignoró y siguió su camino con la mayor tranquilidad del mundo; pero según lo que Maria Luisa le contó a la abuela, el hombre comenzó a tocar la puerta de su casa con tal fuerza que por poco la tumba. Al abrirla lo encontró en tal estado de pánico que había perdido el habla y hasta su caballo. Al día siguiente el presidente convocó a todos los hombres para resolver el problema del Burujón Negro. “Solo es un pobre muerto en busca de una tumba para descansar” según Eugenio dijo el presidente al ver que nadie se ofrecía para ir a hablar con el aparecido. “No le tememos a los vivos, para ellos tenemos nuestros cojones de toro” me dijo que explicó el cantinero, “pero con los muerto hay que tener mucho cuidado, pues se te pueden montar y llevarte para el otro lado”. Entonces fue cuando mi abuelo, dando un golpe en la mesa con su puño de guajiro bruto, se ofreció para ir a enfrentar al Burujón Negro. “Es usted un revolucionario de verdad” comenzó a decirle el presidente. “Mis superiores sabrán sobre su decisión heroica”. Pero Conuco no le prestó atención y tomó rumbo hacia la salida, dicen los últimos de la fila lo escucharon exclamar antes de cerrar la puerta: “pendéjo”. El viejo no dejo correr el tiempo, porque si una cosa no le gustaba era tener deudas pendientes. Aquel mismo día por la tarde le pidió a todos los habitantes que no salieran por la noche, pues enfrentaría al Burujón Negro y no quería confusiones. Las personas cumplieron sus órdenes al pie de la letra y después de las 6 de la tarde todos se recogieron en sus casas, excepto la negra Matilde que prefirió hacernos compañía a la abuela y a mí. El viejo se pasó el resto del día afilando su machete y otras herramientas en el patio, pero nada más que el sol se escondió, se montó en su yegua Saranda y tomó rumbo al monte. Al otro día por la mañana las personas se levantaron más temprano de lo habitual para ir a visitarlo y preguntarle como le había ido con el Burujón Negro, pero nada más que abrieron las puertas de sus casas se encontraron con el escenario más increíble que jamás habían visto: Los techos y árboles estaban repletos de gallinas cagando. En los jardines había chivos y venados comiéndose las pocas flores de aquella primavera. En los patios se apilonaban vacas y novillos para beber el agua de las palanganas. Y en los portales unos cerdos gordos y rozados roncaban a patas estiradas. Los pobladores no se molestaron en lo absoluto, todo lo contrario, decidieron cerebrar aquella bendición con una de las fiestas más grandes en la historia de Caracusey; solamente comparada con la que el presidente del Poder Popular organizó cuando se enteró que serian visitados por una delegación soviética: Por supuesto que el gobierno proporcionó, no solo los gastos de la fiesta, sino que además una semana antes le dio un galón de pintura a cada casa para que la pintaran, y hasta mandó una brigada para que aplanaran los terraplenes y reparara el tendido eléctrico. Las personas se aglomeraron a ambos lados de la entrada principal con serpentinas y flores para el recibimiento de los patrocinadores del comunismo. Cuando los compañeros rusos se bajaron de la guagua que los trasportaba al momento la orquesta que el presidente había traído de La Habana comenzó a tocar el Himno Nacional, y las personas comenzaron a lanzar sus serpentinas y flores hacia los camaradas. Pero tan solo se alejaron unos pasos tuvieron que regresar corriendo, y encerrarse en el bus, pues un enjambre de mosquitos y guasazas sabaneras les cayó encima, al parecer atraídos por el olor de sus sobacos. Después de que los rusos se fueron el tendido eléctrico repentinamente dejó de funcional, y con el tiempo los pobladores fueron quitándole pedazos para hacer clavos con el cobre de los cables y cuerdas con las coberturas plásticas. Pero aquella vez, después de que las 16 familias del pueblo llenaron sus patios y corrales con lo que pudieron capturar, empezaron los preparativos para la gran fiesta en agradecimiento porque el espíritu del negro esclavo se había largado. Marta, la esposa de Eugenio, se ofreció para hacer la caldosa. Mi abuela mandó al viejo a que matara dos puercos para asarlos en el patio. El cantinero puso barra abierta en el bar, y su esposa cocinó el arroz y los frijoles; y así cada una de las familias puso su granito de arena para el gran fiestón, que duró hasta el otro día por la tarde, y si no hubiera sido por la invasión militar, de seguro hubieran seguido celebrando hasta agotar el ron y los animales. Fue Eugenio el primero en darse cuenta, y fue corriendo a avisarle a mi abuelo: “Compadre algo sucede” comenzó a decirle, “el pueblo está rodeado de militares”. “No te preocupes” le dijo el viejo. “que de todos modos más jodido no podemos estar, ya no hay nada que puedan quitarnos”. Después de que todos los habitantes fuimos sacado de las casas y reunidos en la plazoleta principal, cercados por un cordón de militares, uno de los uniformados se encaramó encima de un auto y comenzó a hablar en alta voz: “¿Imagino que ya sabrán por qué hemos venido?” preguntó, pero como la respuesta fue el silencio prosiguió. “Anteanoche la casa de descanso de nuestro Comandante en Jefe fue bandalizada. Abrieron un hueco en la cerca y los animales han escapado. Ahora estamos preocupados por su salud, pues era lo único que tenia para aligerar el estrés de la presidencia. Si nos entregan al culpable o a los culpables y, por supuesto, a los animales, les prometemos que no habrá consecuencias mayores”. Entre la multitud se alzó un murmullo que fue silenciado por el presidente del Poder Popular: “Un momento, la noche que usted se refiere nadie salio de sus casas, pues teníamos un plan para detener al Burujón Negro”. “¿Qué coño es eso del Burujón Negro?” preguntó el uniformado “Es un aparecido que…” empezó a explicar el presidente pero Conuco lo interrumpió. “¿Y que pasa si nadie sabe quien fue?” “Pues pagarán todos por cómplices” dijo el militar poniendo un rostro de lamentación. “Pues aquí me tiene, fui yo el que abrió el hueco en la cerca. Recojan la porquería de su Presidente y larguémonos” gritó el abuelo señalando para los corrales repletos. “Muy buen intento” saltó Eugenio, “pero el que abrió el hueco en la cerca fui yo, no dejaré que me robes el crédito”. “¿De que hablan impostores?” intervino el cantinero, “fui yo el que dejó salir a los animales”. Y así uno a uno de los pobladores fueron dando un paso al frente para reclamar tan cotizado titulo. Primero fueron los viejos, después los jóvenes y por último las mujeres. “Al parecer tendrá que llevarnos a todos detenidos” le dijo mi abuelo recostándose contra una palma y prendiendo uno de sus tabacos. El militar le lanzó una mirada encolerizada a la multitud y, haciendo una señal a sus subordinados, comenzaron a decomisar todos los animales de los patios. Luego, como un circo ambulante, se largaron por la calle principal, no sin antes el jefe gritar: “¡Ojalá que el diablo se los lleve! Todo lo contrario de cualquier pronóstico, la fiesta siguió el resto del día y hasta bien entrada la noche. Hubo un momento en que quedé desconcertado, y fue cuando a las 12 hicieron una fogata en la glorieta y todos se sentaron alrededor. Entonces apareció mi abuelo disfrazado con una capucha negra, y comenzó a danzar alrededor de las llamas al ritmo de las palmadas de los presentes. Autor; Ariel Gonzalez Calzada
Domingo, 30 de Octubre de 2011 11:06
200 años
Primer Premio Copa Tribunaabierta.com Piensa el Mariscal: “El general Martínez está allí tirado solo en la plaza tomando tereré. El General Martínez es bravo como él sólo, parece un león, es un león!. Recuerdo que él sólo peleo y mató a más de 40 brasileros cuando quemaron el Hospital materno infantil de Piribebuí con la gente adentro. Nadie sabe eso, nadie cuenta. Bravo es el tipo, y hoy está allí tirado, sólo, sucio y perdido, sin saber qué hacer enesa plaza consus demás camaradas, compañeros y compañeras, sin saber qué hacer. Esperando el momento decisivo,clave, final, el gran día que muy pronto llegará”… La Doctora María Estela Torres, como siempre está desde las 6 de la mañana en su puesto de comandancia de la quiniela. Bien temprano sale de casa, prepara el desayuno y el alimento para los suyos y está en la calle todo el día, a sol y sombra, aunque llueva y haga frio, no importa, ella está allí. No descansa un rato, al volver prepara de nuevo la cena de los chicos y revisa la tarea escolar. No se salva nadie, ni el marido. La misma es obstetra, directora en jefe con título de general de sanidad del Hospital Militar. Fue la primera mujer en destacarse en este rubro en el ejército, claro que hay otras, pero no como directora de un hospital, hoy atiende la quiniela en la calle”… El Sargento Torres Peralta sí que es un tirado, un bandido, pero al menos es noble, correcto, sincero y servicial, lástima lo del trago, desde finalizada la guerra se dio por entero a la bebida y no paró más, hoy delinque, aunque sin armas, como dice él, “armas sólo para la Guerra micomandante!!!”....“yo Ko a veces nomás tomo mi Mariscal, sólo a veces nomás tomo….solo saco a veces mi comandante saco de algún almacén del barrio o coreano de la esquina, sin que se dé cuenta una botellita de Fortín de caña para calentar me el estómago y la barriga, la garganta, usted sabe, mi comandante, usted sabe..., si si”… Al coronel Maximiliano González por su parte todavía lo veo activo, esperando. Serio, correcto y decidido, silencioso, no dice nada a nadie. Ni una palabra. Espera. El hombre está esperando el momento y la hora final en que yo lo llame de nuevo a pelear y luchar, él lo sabe. Hoy él y todos sus compatriotas están luchando una nueva y dura batalla, contra la corrupción de los traidores a la patria, los mismos que fueron presidentes después de mí y que ahora son senadores y diputados, o ex senadores y diputados,¡Ladrones, roban a la patria!!!. El coronel Maximiliano Gonzáles ahora lava autos en la Playa Montevideo, “pero siempre a sus órdenes mi comandante, para lo que haya que hacer!!!”….fuego en las venas y es valiente, corajudo. Ni mil guerras más podrán matarnos, aunque casi lo lograron. Hoy es muy triste ver a todos mis niños Mártires de Acosta Ñú, lavando y limpiando autos de los malditos ricos, ladrones y corruptos en las calientes y violentas calles, pasando hambre, frio y sueño, descalzos, sucios y hambrientos como los indígenas en vez de estar con su familia, felices y estudiando, preparándose para ser mejores, pero no, ellos están solos en las calles después de haberse peleado como guerreros grandes en la Batalla de Acosta Ñu, tuvieron que ponerse pelo de caballo y todo en la cara para aparentar ser mayores,¡ cómo defendieron a su patria y a sus madres y hermanas!… hoy los chicos y chicas paraguayas están en la calle lavando autos, maldita guerra. Me da pena ver a mi pueblo hoy así, entero y derretido, embriagado y luchando contra la nada para poder sobrevivir por lo que nos robaron!!!De lo contrario todo, todo hubiera sido diferente, y ellos lo saben. Saben que somos fuertes y los mejores. Los países de la triple alianza, los yanquis y los británicos saben eso, somos competencia para ellos y no les conviene, que somos los más fuertes del mundo y por eso intentaron matarnos, aniquilarnos a todos, sin éxito!, pero la fuerza, el coraje y la valentía no, con eso no se juega. Hoy día esta gente buena y humilde, sufre y está mal alimentada sin salud y educación, sólo porque se les roba sus derechos y el sueño, lo que es suyo, lo que nos pertenece.Ya llegará el día, pronto, en que todos estos corruptos políticos y empresarios bandidos, ladrones y traidores que hoy, ahora están en el poder y el parlamento caigan por la acción de sus propios hechos. Ya está pasando. La gente no es tonta, aunque sufran, si se venden o compran un voto o que se yo, no se engañen, ellos los engañan a ustedes, el paraguayo y la paraguaya no son tontos, si lo hacen es por el hambre y para mantener a sus hijos. Pero todo esto acabará muy pronto, más de lo que te imaginas, las cosas están cambiando, ya es hora. El Paraguay se levanta. Se está levantando de nuevo, se levantará cuando el pueblo, mi pueblo se de cuenta que puede, que podemos, no nos ataja nadie, atajate!!!.Lo que sí, es que no nos podrán ganar, aunque quieran. No lo pudieron hacer, no lo harán más, no tienen esencia y amor propio, eso es lo más importante. Hoy mis tropas están destruidas, desbaratadas, con el ánimo y la autoestima baja, pero de a poco, todo esto cambiará, iremos lento mejor, que se puede, todavía hay que derrotar a la nueva triple alianza que viene desde el norte disfrazada de partidos políticos: colorado, liberal y los otros, corruptos, ladrones y traidores, apátridas, corruptos, ignorantes y entreguistas. 200 años. 200 años han pasado de nuestra independencia patria. Aunque esto es solo un dicho, hoy nos dominan las multinacionales, la corrupción e ignorancia, pero, cuando todo esto acabe, muy pronto el Paraguay mejorará y resurgirá de sus cenizas, somos el pueblo más grande y fuerte, como cualquiera puede y saldrá adelante, es sólo que tuvimos una guerra donde nos mataron a todos en especial a nuestra alma y espíritu y autoestima que es lo más importante, nos dijeron que no podíamos cuando hace doscientos años ya le demostramos como otras tantas veces que sí se puede y que somos capaces, los mejores, es sólo cuestión de tiempo y reflexión, para que vuelva nuestra fuerza, confianza y autoestima, nuestra esencia. Llegará el día ,muy pronto que recuperaremos de nuevo todo lo que es nuestro. Se puede y va suceder, devolver a tomar fuerza y coraje para levantarnos y decirnos a nosotros mismos y al mundo entero de lo que fuimos y somos capaces, este país puede y se está levantando, despertando, ¡adelante mis guerreros!!!” Autor: Arnaldo Medina Pavón
Domingo, 30 de Octubre de 2011 00:23
Pyahëtarova Primer Lugar Cultura Guarani
Copa Democraticamente.com Rojuhu ichupe ojepysohína yvýpe, tapemi pukuete yképe ohechaukáva ilómo karapä,oñepyrümbapyre hese, ka’aguy gotyo. Kalo ha che rohecha upe rohecháva ñanandy ypytütape ykepeguápe, roñemo’açui ha rojuhu upépe. Ipyahëhína ovapývo. Rombohovayvaichupe. Noñeñanduvéima ha ñemo’änte ku ombohova’atämba va’ekue ko tapichápe oñandu ypy guive upe mba’e hasyvéva ko mundopýpe. Osmar Blanc osë upe kantína oñeguererëmbahágui tuichaite ka’úre, ojekuaavoi hese mba’éichapaovava ha ndaikatuinunga oñembo’y. Víno pohyiete asy oguapypaite iñakä ári. Ha’émakatu upe guaripólaryru oguatáva ohóvo ha iguata tavypamíramo jepe, Osmar ojevy mbeguekatu ohóvo hógape.Kalo ha che ndoroikuaái mba’épa rojapóta. Ndotytyivéima mba’e rire ipyti’apeguaniko aje’íma rohechakuaa va’erä mo’ä omanomahague. Amboja isyváre che po ape haahechakuaa iñakänundu hendyha upérö. Upémarö rogueraha ichupe médikope. Romopu’äupe tapicha. Amoï che ati’y ári ijyva akatúva gotyogua ha Kalo katu ijyva asu gotyogua. Upéichape rogueraha ichupe pya’eporä. Iguata ka’uete asy oyvyjo’o ohóvo tape kirirï ha vaicháku ta’eñoreko oïhaguéicha ojejapetepáva hese.Peteï kuádra ikupévo, kantína rembyremíme, oñehendu osapukái ha opukárö lomitä. Osmar oguatambegue katu, ijakatúva gotyogua ipópe ojopyhatä ijasu gotyogua ikotílla, hova he’ipaitéma hasyetereiha ichupe. Sínko kuádrama rogueraharoína ichupe, rohoveva’erä moköi roçuahë haçua médikorógape; upéicha jave niko ha’etevoi mombyryetevéva.- Ndépa ere oïvaíne haçua- aporandu Kalo-pe ha ombohováivo chéve ndaikuaái oñakämbovavápa téräpa oñakäity. Osëvo upe kantína jare ryepýgui ojopy ohóvo ipópe ojekutuhague. Onaipea nipo hína ra’e upépehapichakuéra ndive ha upeichahágui peteïva osë he’i chupe jeko ha’e oporotrrampeaha.Osmar osë osorohese, hákatu upérö çuarä upe tapicha ambuéva po (ka’uguasuete rehe avei oïva) ohekýima iku’akuágui yvapara ha avave ojoko mboyve ichupe ohesyvömavoi Osmar kotílla kuápe. Roçuahëma médiko rógape. Orepy’atarovaite rehe rombopujeyjey tímbre. Ha’etépeniko ha’evoi osë ombojuruvy hóga rokë, roike ha romboguapy tapicha ojekutúvape sofa ári. Médiko oñemolénte ha oma’ëporä kyse räimbore ojejurupe’a asyetévare hína. Osmar oheja kantína ha mba’asy opyta ombokua hi’angapy. Oñandu omano mbegue katumahaohóvo, tesaparápe ojecha, okyhyje omanórö çuarä ha oñeha’ä ojepytaso, péro ndaikatúi, ho’a ñanandýpe avavete ohendu’ÿre ichupe. Nomanoséi tapicha, oñenega ndaikatuvéi peve, osapukaise ho’arei mboyve.
–¡Namanoséi!– osapukái jeyjey Pachi. Médiko opukavy oguerovy’ahárö ipasiénteoñeñandujey haguére. Upéi oñeha’ä ombopy’aguapy ichupe, ombohasa Pachípe peteï patíllaha vásope y. Pachi ho’u, noñembohekoietevoi. Kalo ha che roma’ë kirirïhaitépe hese okëguive. Roma’ë mandyju vyroreimi hetyma reheguáre; ndoroikeséi ore, roikuaa rehe pe mbói su’ukue omoakanunduhague ichupe ha oikotevëha opytu’u. * * *Aremi riréma, Pachi chu’imi omombe’u oréve ako itarovaröguare osoñahague ha’ehague peOsmar Blanc, ingeniéro ra’y ojeguerovuetéva, ojekutuva’ekue kantínape trrukohápe.Oporandu oréve (rombohovai’ÿre ichupe) mba’épa he’ise ñakomandami (tarova pa’ümeramo jepe) upe tapicha ndojecha’eivévare tavapýpe. Autor: Javier Viveros
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